Los seres humanos no sólo sufrimos cuando las cosas nos van mal – también sufrimos cuando las cosas podrían ir mal, y la incertidumbre nos envuelve.

En general, los organismos prefieren entornos en los que los acontecimientos aversivos son predecibles a entornos en los que son impredecibles (Abbot, 1985; Badia, Harsh & Abbot, 1979). Las personas funcionamos de manera similar. Vayámonos, por un momento, a los primeros días del hombre y a su supervivencia en el planeta. Somos los hijos de los hijos de los hijos (y así, durante un buen rato…) de aquellos seres humanos que llevaron a cabo una estrategia que les permitió mantenerse a salvo de los peligros que por aquél entonces les acechaban. Conforme hemos ido evolucionando durante miles y miles de años en un planeta peligroso y hostil, la selección natural ha ido depurando y perfilando nuestra especie – y todas las demás – con soltura desenfadada. Nuestros antecesores, aquellos que sobrevivieron y nos legaron el material genético del que todos estamos hechos, fueron seleccionados por su estrategia ante el peligro. Dado esto, es muy sencillo derivar lo siguiente: Hay muy buenas razones evolutivas para pensar que la solución de problemas es esencial para nuestra supervivencia. Esta habilidad nos ha permitido ir expandiéndonos por todo el planeta y convertirnos en seres vivos tremendamente sofisticados. Sin embargo, esta extraordinaria herramienta de supervivencia no viene sin coste. Poseer la habilidad de solucionar problemas y ejercitarla puede tener un lado oscuro – y la ironía reside en que esta habilidad puede interferir con los aspectos vitales que más valoramos.

En los tiempos en los que los peligros del ser humano eran poder ser devorados por animales salvajes, su atención se dirigía a dichos peligros cuando uno de ellos hacía acto de aparición. En ese instante todos los sentidos se centraban única y exclusivamente en cómo sobrevivir a esa situación. Hoy en día, los peligros han cambiado de vestimenta y las probabilidades de ser devorado por un león son particularmente bajas. Ahora podríamos decir que gran parte de los peligros que nos acechan están vestidos en forma de ansiedad, depresión, miedo al fracaso, dudas e incertidumbre. Metafóricamente decimos cosas como “Esta ansiedad va a acabar conmigo”, o “No sé si sobreviviré a la incertidumbre“. La sociedad moderna tiene distintas presiones que la de protegerse frente a un león, un rayo o una serpiente venenosa – tales peligros están, en la inmensa mayoría de los casos, bajo control. En su lugar, es fácil que quedemos metafóricamente derrotados y diluidos en el miedo a perder un trabajo, el pánico a no saber de qué viviremos dentro de cinco años o la sensación de que no encontraremos a alguien con quien compartir nuestros sueños. La paradoja, sorprendentemente, es que la ansiedad e incertidumbre no pueden, per se, acabar con una persona. Lo que puede acabar con nuestros sueños, con nuestro motor de vida, es tratar de escapar sistemáticamente de la ansiedad e incertidumbre de la misma forma en que escaparíamos del león. Si nuestro modus operandi diario pasa a estar bajo control de que la incertidumbre no haga acto de aparición bajo ningún concepto, podemos encontrarnos con que vivimos por y para solucionar ese problema. ¿Y si tratar de resolver estos problemas durante las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, no fuese precisamente la mejor manera de vivir? ¿Y si el punto de mira no tuviera que estar tanto ahí? Finalmente… ¿Qué hay debajo de eso que estamos llamando el problema?

 

Donde hay valor, hay dolor

Una inmensa mayoría de los aspectos vitales que valoramos son ambiguos e inciertos, conllevan la posibilidad de la pérdida y la incertidumbre. Un desengaño amoroso que da pie a un divorcio sólo es motivo de enorme sufrimiento si la persona valoraba la confianza y lealtad de su pareja. El fallecimiento de un familiar muy querido no va unido a un tremendo dolor si uno no ama intensamente a esa persona fallecida. Vivir moviéndonos en lo que nos importa no está exento de que, en ocasiones, eso adquiera un tono gris, e incluso desaparezca. No podemos respirar si sólo pretendemos inhalar el aire, también va unido a exhalarlo. Tampoco es posible que amemos a alguien sin que estemos dispuestos a la posibilidad de poder perder a esa persona. Pongámonos en la piel de aquellos que están a punto de ser padres y que, en lo más profundo, son conscientes de que esa inmensa alegría puede ir sucedida del mayor golpe de sus vidas en caso de perder, trágicamente, a su hijo. La vida, una abrigada de valor y sentido, conlleva incertidumbre – tarde o temprano uno se topa con ella, a veces para bien, a veces para mal. En términos generales, las personas que, en su lecho de muerte, dicen estar satisfechas con sus vidas, son aquellas que en su día a día han tratado de actuar con una considerable tolerancia al fracaso, al fallo, al miedo. Que han persistido en su barra de equilibrio, subiéndose a ella tras las inevitables caídas al avanzar. Subirse a una barra de equilibrio y caminar sobre ella conlleva, necesariamente, dejar a un lado la comodidad de saber a ciencia cierta si las cosas irán de la manera que uno desea. Implica sumergirse en aquello cuyo resultado se desconoce.

 

“Andar puede hacer que me caiga”. ¿Para qué hacerlo?

Lo que llamamos valorar se encuentra en aquello que hacemos, en ese andar con la vista puesta en el horizonte. Está en esa acción, irremediablemente necesaria para permitirse entrar en contacto con las consecuencias positivas de estar alimentando cualesquiera que sean nuestros más sentidos y apreciados valores personales. Lo que valoramos, incluso aunque en algún momento parezca estar difuso, es el combustible que hará que construyamos un repertorio de movimientos en vida y persistamos haciéndolo. Al final de nuestras vidas, los seres humanos nos quedamos con aquellos recuerdos de acciones que implicaron reforzamiento positivo, frente a aquellos que implicaron reforzamiento negativo. Es decir, valoramos mucho más aquellas acciones impregnadas de sentido personal frente a las impregnadas únicamente de escape y evitación.

¿Es eso todo? ¿Cómo andar? 

No sólo se trata de tener claro hacia dónde se pretende ir y persistir en ello, independientemente de los resultados que eso pueda tener. Perfeccionar la técnica – eso que llamamos andar – sólo puede hacerse dejándose moldear por las consecuencias de ir andando de una u otra manera. En análisis de conducta, la creatividad se entiende como generar una gran cantidad de respuestas que irán siendo seleccionadas según unas funcionen o no para los objetivos que se buscan. Si un bolígrafo deja de escribir es muy probable que, antes de tirarlo a la basura, tratemos de hacer varias cosas con el objetivo de que vuelva a escribir (pasarlo por la suela de goma de un zapato, agitarlo vívidamente, etc). De hecho, a mayor variedad de respuestas frente a un mismo problema, mayor adaptación al entorno, mayor flexibilidad.

 

Cuando, en el andar, nos enredamos y paralizamos en la incertidumbre y el miedo

El enredo en la incertidumbre y la parálisis por el miedo pueden convertirse en hábitos frecuentes. Necesitar respuestas que acallen el gran peso de la incertidumbre es completamente válido y funcional… A corto plazo. Hallar respuestas disminuye el ruido, la agonía y la exasperación. Tratar de resolver un problema preocupándose por él viene acompañado de la sensación de estar, finalmente, haciendo algo con ello. Algo aparentemente productivo. Preocuparse es buscar respuestas a los enigmas del futuro. Eso puede, instantáneamente, aparentar ser mejor solución que la de quedarse en ese momento mano a mano con los fantasmas de la incertidumbre y destinar la energía y el cuidado a cuestiones mucho más productivas para uno mismo. No hay bola de cristal que responda a la necesidad inmediata de saber para poder moverse. Preocuparse no es un hábito que rente con el miedo y la incertidumbre de lo que no se puede controlar. Un pequeño chequeo de nuestro modus operandi puede hacer que encontremos la cantidad de tiempo que ocupamos en este viejo hábito – que, tan válido para encontrar incógnitas en una ecuación matemática, no sirve para encontrar la incógnita del futuro al que nos someteremos. ¿Cuántas veces al día nos notamos sumergidos en un mar de dudas e interrogantes, del miedo al porvenir? ¿Qué coste tiene esto? ¿Llamamos a eso andar con sentido? Frente a esta pregunta es difícil que alguien responda que, efectivamente, desea que su andar consista en entretenerse en la preocupación, en paralizarse. Queremos que nuestro andar esté hecho de otras cosas…

El teólogo Reinhold Niebuhr lo expresó así en su famoso “Poema de la Serenidad“:

“Serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar,

valor para cambiar las que sí puedo,

y sabiduría para conocer la diferencia”

 


Por Bárbara Gil-Luciano, terapeuta, docente e investigadora en Madrid Institute of Contextual Psychology y Universidad de Almería.