“Descubriendo la aplicación de ACT en niños”. Entrevista a Ángel Alonso (parte 1)

Por MICPSY

24 febrero 2020

Os presentamos la entrevista realizada al co-fundador de MICPSY, Ángel Alonso, por Raymundo González, de Divulgación Psicológica, un canal de información centrado en difundir los modelos terapéuticos basados en la evidencia. Una de sus principales iniciativas es entrevistar a referentes en la práctica y desarrollo de estos modelos.

En esta ocasión, la entrevista versa principalmente sobre la aplicación de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) en el ámbito infantil: tanto del trabajo clínico con los niños como con sus padres, área que ha marcado la trayectoria de Ángel Alonso, y en la que destaca como uno de sus máximos exponentes. Durante la misma, se exponen numerosas claves a tener en cuenta en la aplicación del modelo en esta población, y se habla de aspectos que estarán incluidos en libro de ACT en niños y adolescentes, que se publicará próximamente bajo su coordinación—junto a Bárbara Gil-Luciano y Adrián Barbero.

Por su extensión, y por la multitud de temas que abarca, se ha divido la entrevista en dos partes. Os dejamos con la primera, que se inicia con aspectos más personales de Ángel Alonso, como su evolución profesional e intereses, y continúa con cuestiones más específicas sobre el uso de ACT en niños: su foco de la intervención, cómo se aplica, y qué variables hay que tener en cuenta. No pierdas la oportunidad de conocer, de primera mano, este novedoso y prometedor modelo de intervención.

Para nosotros es costumbre empezar estas entrevistas conociendo un poco más a las personas que tenemos delante. Sabemos, por ejemplo, a lo que te dedicas dentro de la psicología, de lo cual hablaremos más adelante, pero nos gustaría conocerte un poco más a ti, en tu faceta o en tu parte no psicólogo. Cuéntanos, ¿quién es Ángel Alonso?

Bueno, supongo que no es fácil definirse en unas pocas palabras. Me reconozco como una persona curiosa, muy curiosa cuestión que luego uniré, si se tercia, con la psicología amante de la lectura, de la música… de la clásica y del rock también.

Sí, sí, ¡eso último me consta!

Sí, ¿verdad? (risas) Bueno, y además de lo anterior, soy un apasionado del Análisis de la Conducta y del Modelo Contextual, como luego contaré. En cuanto a la curiosidad, creo que buena parte de la gente que se dedica a la psicología tiene, en mayor o en medida, ese componente de curiosidad y cada uno llega a cultivarla por vías diferentes. En mi caso viene principalmente por la influencia de mi padre: un padre al que le encanta la historia, narrar anécdotas, contar sucesos, etc. De pequeño me contaba, además de todo tipo de cuentos e historietas, muchos sucesos históricos, incidiendo en el contexto donde éstos sucedían para entenderlos con mayor profundidad, y además, he de añadir, lo contaba de una forma muy vívida, ¡como si fuera una película! Sabía traer las funciones al presente, como decimos en ACT . Crecer en ese caldo de cultivo ha contribuido a que me apasione conocer el proceso de cómo algo se da.  Así que, sin saberlo, mi padre me estaba inculcando ya esas gafas conductistas, esa mirada al contexto para poder explicar el comportamiento, ese modo de analizar a la persona y el porqué de lo que hace a través de una serie de hechos históricos. Es decir, alejado de visiones más mecanicistas, como el determinismo biológico. Y me regaló esta visión sin ser muy consciente de ello, pero ahí queda.

Otra de las cosas que suelo contar es que, en un inicio, no me gustaba la psicología. Entré en la carrera con bastantes dudas y, efectivamente, al poco de comenzar mis estudios, sólo pude corroborar esas dudas. Un profesor te decía “A” y otro profesor te decía, tan sólo una hora después, que “no A”, así que tenía una sensación constante de caos. No encontraba coherencia en la psicología. Tenía la sensación de que la psicología era casi más una cuestión de fe que de ciencia. Hasta que empecé a coquetear con una visión conductista o contextual, que era una forma de ver el mundo completamente diferente a lo que me habían contado; desde donde se podía explicar lo que somos, lo que hacemos, desde lo más simple hasta los comportamientos más complejos, desde un prisma muy parsimonioso. Eso hizo que me enamorara de la psicología y especialmente de eso que llamamos Análisis de la Conducta.

¿Y eso fue ya a final de la licenciatura o fue hacia la mitad?

En realidad casi al final de la carrera. A medida que fui leyendo ciertos textos y fui teniendo conversaciones con personas que ya conocía por aquel entonces, empecé a introducirme en el modelo contextual. Y el salto definitivo fue cuando me formé en el Postgrado con Carmen Luciano en la Universidad de Almería; allí se me abrió otro mundo. Sin duda, me marcó profundamente el entusiasmo  y el compromiso de Carmen por analizar los fenómenos de un modo preciso: el ir no sólo al qué, sino al porqué, al tipo de interacciones que confluyen para que algo se dé. Su modo de hablar de la conducta…¡estaba a años luz de lo que había visto hasta entonces!

Ahora que ya conocimos un poco acerca de ti, del Ángel desde la óptica no profesional, cuéntanos un poco más acerca de este Ángel ya incursionado en la psicología. Cuéntanos en qué te especializas, a qué te dedicas de una manera específica…

Podría decirse que he tenido un recorrido variado y he ido ampliando el espectro con el tiempo. Como ya he adelantado, en Almería hice mi primera formación sistemática en Análisis de la Conducta y Teoría del Marco Relacional (TMR), con Carmen Luciano. Al finalizar ese Posgrado, monté un centro de psicología en León, en el norte de España, junto a dos compañeros –años antes de que fundáramos MICPSY– diseñado principalmente para tratar problemas del aprendizaje y a niños con diagnóstico de autismo, etc. Aunque ya durante el posgrado había hecho bastantes incursiones en la práctica y había llevado un buen número de casos clínicos, podría decirse que ese fue mi verdadero salto del modelo teórico a la práctica. Y la verdad es que fue una experiencia espectacular. El hecho de trabajar codo con codo con otros colegas, bajo un mismo modelo, e ir a su vez aprendiendo cada vez más, fue genial. Además, empezar a trabajar desde los principios de ABA —el Análisis Aplicado de la Conducta — con niños con autismo, te da un bagaje increíble.

También, por aquel tiempo, constaté que cuando utilizábamos los programas curriculares que existían dentro del ámbito de ABA, encontrábamos muchos «huecos» sin cubrir. Es decir, estos programas, siendo tremendamente útiles, estaban —y aún están —limitados: desde la óptica de conducta verbal de Skinner había repertorios verbales que claramente no se sabía apresar, y que principalmente están relacionados con lo que llamó en su momento Chomsky generatividad. Así que el hecho de tener un cierto bagaje, de habernos formado en el análisis de conducta verbal y de la cognición desde el marco conceptual de la Teoría del Marco Relacional (TMR), nos permitía generar nuevos procedimientos para enseñar habilidades a los niños que no venían incorporadas en los principales protocolos de ABA, y que ahora, poco a poco, ya se van incorporando, como son los procedimientos para entrenar las operantes relacionales, desde las más simples hasta las más complejas, como son los enmarques temporales, la toma de perspectiva, etc. Por tanto, era casi un trabajo artesanal… algo tremendamente creativo y muy bonito.

Otra de las cosas con las que me topé es que, si quieres hacer un trabajo eficaz, tienes que trabajar estrechamente con los padres, no sólo dándoles pautas, sino trabajando con sus barreras emocionales. Y en este aspecto, dentro del ámbito de ABA, también había un gran vacío. La formación en ACT, como hablaré más adelante, te abre un mundo nuevo en ese aspecto y te permite ir más allá de dar pautas e instrucciones a los padres que, aunque sean necesarias, y más en ese tipo de casos,  en muchas ocasiones no se siguen, porque no has tocado la motivación, el sentido de hacer todo eso, o no de un modo explícito. Saber ACT te proporciona la habilidad de tocar el corazón de los padres, es decir, dar un significado a todo el trabajo que se hace y a su papel en todo ello. Así que ese bagaje me fue muy útil.

«Saber ACT te proporciona la habilidad de tocar el corazón de los padres, de dar un significado a todo el trabajo que se hace y a su papel en todo ello»

Después un tiempo trabajando principalmente en el ámbito de los problemas en el desarrollo, aunque siempre conjugándolo con la práctica clínica, fundé hace varios años, junto a Bárbara Gil y Adrián Barbero, MICPSY, un centro que une la investigación, la clínica y la formación, esferas donde todos los componentes tenemos un pie metido. Desde ese momento me enfoqué especialmente al desarrollo de intervenciones eficaces en problemas psicológicos comunes que presentan los niños con repertorios verbales normalizados, ámbito donde también había muchas cuestiones que explorar.

Antes comentabas que ABA no cubría las barreras emocionales que podían interferir en el tratamiento, o en la orientación a padres que se hace con respecto a las conductas de sus hijos. Ahora desde ACT también pueden abordar también ese tipo de barreras, ¿no? Eso es lo que nos estás transmitiendo.

Efectivamente.

La siguiente pregunta viene de una duda muy común. De hecho, yo personalmente tengo esta duda. Nos hablas de ACT, la Terapia de Aceptación y Compromiso, ¿ésta se aplica de la misma manera con adultos que con niños?

Bueno, es una buena pregunta, y efectivamente, es común, ya que ACT en niños es algo que no se había planteado hasta hace muy poco… y ahora está siendo un “boom”. Hace unos años no había apenas estudios ni evidencia sobre ello, aunque sí se tenía indicios de que las estrategias de ACT podrían ser útiles en esta población, y por supuesto ya había mucha investigación sobre los procesos básicos a la base de ACT, y muchísima evidencia a través de ensayos controlados de la eficacia de ACT en múltiples problemáticas propias de la adultez… Aquí cabe agregar que ACT se planteó en un inicio, allá por finales de los ochenta, para problemas psicológicos más crónicos y para adultos.

Volviendo a la pregunta… ¿Cuáles son las diferencias que existen entre ACT para adultos y ACT para niños? Pues realmente los procesos de cambio son los mismos, lo que cambia principalmente son las formas. Es decir, ACT, ya sea aplicado en adultos o niños, está centrado en generar flexibilidad psicológica, que no es otra cosa que relacionarte con tus pensamientos, tus sensaciones, etc., de una manera más eficaz, que te permita vivir la vida que quieras vivir. La cuestión aquí es que los niños y los adolescentes tienen su propio mundo, su propio contexto, su propio lenguaje —que también forma parte del contexto —, así que tenemos que adaptar el modelo a las características de ese contexto, y por supuesto, cambiar las formas: el “envase” que lo envuelve.

Aquí si hacemos un énfasis en la topografía o en la forma de aplicación, pero la función sigue siendo la misma, ¿no?

Exacto! Además, es necesario mencionar que ACT no deja de ser parte —o nace—del Análisis de la Conducta, pero añadiendo todos los avances en el análisis funcional del lenguaje y la cognición. En realidad, casi sobrarían los términos o nombres específicos de las terapias, lo que importa es conocer los procesos de cambio o, dicho de otra forma, las interacciones que tienen que darse según qué objetivo. Y únicamente puedes aplicar las estrategias que conforman ACT en personas que tengan un repertorio verbal fluido.

Teniendo esto en cuenta, en niños de dos o tres años no va a tener sentido aplicar ACT, porque aún no han adquirido esta habilidad verbal. Si con edades tempranas los niños muestran algún tipo de problema, como comportamientos desafiantes, o un patrón limitante ante el miedo o la ansiedad, etc; vamos a trabajar sin lugar a duda con los padres, con sus dificultades, sus barreras a la hora de aplicar las pautas que se consideren oportunas. Suelo decir que muchas veces los padres saben “lo que hay que hacer”, lo que pasa es que sienten y padecen. Por ejemplo, les puede pánico tomar ciertas decisiones o decir que “no” a su hijo en algo, y es fácil que se dejen llevar por eso. Por tanto, cuando son muy pequeños, generalmente no va a tener mucho sentido trabajar directamente con los niños.

Otro punto a señalar es que el trabajo de ACT en niños no excluye las técnicas basadas en el manejo de contingencias —o las técnicas de modificación de conducta— sino que amplía y envuelve todo ese conocimiento con lo que sabemos de regulación verbal bajo el prisma de la TMR. ¿Qué pasa cuando los niños empiezan a ser verbales? Pues que todo cambia. Cuando tú aplicas una contingencia, la transforman, le dan un sentido. Pongamos por caso un niño que le gusta leer comics, le encantan los comics, un niño de seis o siete años; y, cuando está en su clase, la niña que le gusta le dice a sus amigas: “los niños que leen comic son muy raros”. Entonces este niño va a llegar a casa y, cuando mire el comic, de repente, éste va tener probablemente función aversiva e incluso función discriminativa de evitación, y jamás ha habido ninguna contingencia explícita de castigo con un comic: es todo vía verbal. ¿Qué ha pasado? Antes era tremendamente reforzante leer comics, y ahora, cuando vaya a coger un comic, le va a venir a la cabeza: “soy raro”, y probablemente no lo haga. Otro ejemplo: un niño al que le encanta que le feliciten su cumpleaños, de repente, alguien con mucha credibilidad para él le dice: “ten cuidado que, cuando te felicitan, realmente te están tratando de tonto”. En un abrir y cerrar de ojos, las felicitaciones, al menos en ciertos contextos, tienen otra función.

Así que, cuando somos verbales, no es que no influyan las contingencias, es que las transformamos vía verbal, se alteran las funciones. Por eso los niños que son ya verbales, que presentan repertorio relacional, pueden darte la vuelta los procedimientos clásicos basados en el manejo de contingencias. De ahí que haya que mirar a otros procesos de cambio para completar el dibujo.

«Cuando los niños son verbales transforman las contingencias, le dan un significado; de ahí que haya que mirar a otros procesos de cambio para completar el dibujo»

Más aún: cuando los niños son verbales, comienzan a formular reglas sobre el mundo, sobre ellos mismos, van a empezar a derivar todo tipos de pensamientos, y sin duda, algunos pensamientos les van a hacer sentirse mal. Y lo más importante aquí: van a estar obligados a responder a eso. En función de cómo aprendan o cómo les enseñes a reaccionar al malestar, van a tener patrones o vidas muy limitadas o patrones mucho más flexibles. Ahí es cuando entra en juego ACT, ya no estamos hablando del mero manejo de contingencias, es que tenemos una persona, un pequeño adulto en frente, en cuanto que tiene lenguaje, que transforma todo, y por tanto hay que tratarlo como tal.

Ángel Alonso impartiendo formación en MICPSY

¿Y cuáles son precisamente — hablando ya de las aplicaciones con niños con cierto repertorio verbal — las dificultades que mayormente se pueden encontrar al aplicar este modelo terapéutico a la población infanto-juvenil?

Por una parte, tendríamos que hablar de las dificultades que entraña la intervención psicológica en el ámbito infantil; como, por ejemplo, las resistencias al cambio que pueden mostrar los padres, o el «costoso» encaje o colaboración con otros profesionales que pueda haber alrededor del niño. Y por otro lado, están las dificultades propias de aprender a hacer ACT con niños. En cuanto a lo segundo, una persona que ha aprendido a hacer ACT con adultos y quiera hacer ACT con niños, tiene que aprender un lenguaje completamente nuevo. Aunque el proceso de cambio, como antes señalaba, sea el mismo, tienes que adaptarte al mundo de los niños, a cómo hablan, a sus gustos y sus anhelos. Además va a tener que tener que tener un conocimiento más profundo sobre manejo de contingencias, y de cómo se potencia patrones flexibles en la infancia, tanto para la intervención directa como para las pautas que se le faciliten a los padres.

Una de las peculiaridades del trabajo con niños es el trabajo con valores, o la exploración de lo que es importante para ellos, porque es algo que se está empezando a conformar. Es decir, aún no tienen muy pegado a su piel quiénes son, qué es importante para ellos… todo eso es algo todavía difuso. Para establecer un contexto motivacional, vamos a explorar, por ejemplo, cualidades de personas a las que los niños admiren. Pueden ser de personas su día a día, su primo o tía, o personas ficticias, superhéroes, extrayendo las cualidades que resaltan de éstos: como ayudar a la gente, ser valientes, saber dirigir o trabajar en equipo. Y nos vamos a llevar esas cualidades al trabajo con los niños. Si, por ejemplo, nos traen a consulta un niño que pega a su hermano, y lo que le gusta de Spiderman es que trabaja en equipo, podemos preguntarle si pegar a su hermano pequeño es algo que haría Spiderman. Si lo ponemos en oposición, puede que cuando vaya a pegar a su hermano, le salga el pensamiento de “esto no es lo que haría Spiderman”, y las funciones que trae esa regla, y haga algo diferente. Por tanto, podemos empezar a hacer ciertos enmarques o equivalencias con personajes a los que admire, y llevarnos esas cualidades al cambio clínico, como un motor del cambio. Esto es algo tremendamente útil y, añadiría, novedoso.

«Podemos extraer cualidades de personajes a los que los niños admiran y utilizarlas como motor para el cambio»

Lo que se ha visto, por tanto, es que no hace falta que tengan direcciones valiosas claramente conformadas, sino que los niños pueden motivarse simplemente por lo que les gustaría ser, ya sea parecerse a Spiderman; o a Messi, si le gusta el fútbol. Además, puedes hacer todo tipo de metáforas trabajando precisamente con esos mundos. Aquí en la clínica de MICPSY, cuando trabajamos con niños, introducimos metáforas ancladas en el mundo de Star Wars, en el Señor de los Anillos, o cualquiera de los dibujos que los niños ven. En definitiva, cuando hacemos ejercicios o metáforas con niños, tenemos que aludir a las experiencias que hayan vivido. Y esos mundos imaginarios, como las  películas o los dibujos animados con los que contactan, también conforman su experiencia, y vamos a conectar el trabajo con ese tipo de contextos. Y esto, además de útil, va a ser algo tremendamente divertido.

Así como lo planteas parece definitivamente algo muy atractivo, muy apetitivo, tanto para los niños como para el propio terapeuta.

Totalmente. Hay ciertos componentes del trabajo clínico con niños que son muy estimulantes. Por ejemplo, el cambio clínico suele darse más rápido, porque el patrón problemático lleva menos tiempo reforzándose. Es como si un árbol o una planta está creciendo ladeada, es diferente el momento que empieza a ladearse a cuando ya se ha ladeado del todo. Con los niños es lo mismo, empiezas a ver ciertas tendencias o comportamientos problemáticos, pero es raro que los cambios no puedan darse de forma rápida. Luego es cierto que hay problemas más crónicos, o problemas del desarrollo, de niños con repertorios muy limitados, donde los cambios son mucho más lentos. Pero sí, en líneas generales, el trabajo con niños es tremendamente creativo. Qué voy a decir yo, no lo voy a vender de otra manera, ¡que es a lo que me dedico! Creo sinceramente que es un campo precioso.

Precisamente hablando hace un momento sobre la cuestión de las dificultades y las personas con un repertorio verbal amplio o limitado… ¿a partir de qué edad podemos hablar de los conceptos de aceptación, significado, compromiso?, ¿se aplican de la misma forma con niños o con personas con discapacidad, con un repertorio verbal limitado, que con un adulto o con una persona con un repertorio verbal más amplio?

Habría que separar, por una parte, con qué tipo de repertorios podemos aplicar los componentes o estrategias que forman la Terapia de Aceptación y Compromiso, ACT, y por otra parte, está la conveniencia del uso de los conceptos o términos que forman parte incluso del propio nombre de ACT, que son simplemente eso: términos medios o conceptos. Lo que nos va a importar es lo que hacemos en terapia, la función que cumplen las interacciones que se dan, más allá del nombre de la terapia, que es una cuestión casi más de marketing que de ciencia. De hecho, nunca me gustó, por ejemplo, el término “aceptación”, por las connotaciones que puede tener en países de tradición católica como España, ya que puede entenderse como resignación, y en realidad es algo radicalmente opuesto a eso. La aceptación, o cuando hablamos de otros términos en ACT, como actuar con significado, estar en el presente… son finalmente formas de hablar, no lenguaje técnico.

Si nos enfocamos en cuáles son los procesos de cambio, en lo que le estamos entrenando o enseñando al niño, o adulto, es a poder diferenciarse él de sus propias emociones y pensamientos, y poder incluirlos como parte de sí mismo. Eso va a permitir que otro tipo de funciones se hagan presentes. Es decir, si no estoy pegado a mis pensamientos y mis emociones, si puedo notar que una cosa soy yo y otra mis emociones, mi conducta puede estar controlada por otro tipo de funciones que llamamos “de orden superior”, que no son otra cosa que los valores. Por poner un ejemplo sencillo, uno puede llegar a casa por la noche terriblemente cansado o incluso triste, y que de repente vea a su pareja en el salón aún peor. Si es importante para ti cuidar a tu pareja, aunque ahí estés notando un cansancio cuya función discriminativa es que te metas en la cama, que abandones, puede que en vez de eso, hagas algo en línea a cuidar, como hacer la cena. Es decir, que en vez de ser fiel a tu cansancio, eres fiel al rol de pareja que quieres ser.

Siendo verbales, tenemos la capacidad de sobrepasar o ir más allá de las funciones más primitivas. Por ejemplo, si vamos al dentista, ¿por qué abrimos la boca? Sabemos que nos van a hacer daño y aun así seguimos manteniendo la boca abierta. ¿Qué está controlando nuestra conducta de abrir la boca ahí? Es que ahí estás transformando las contingencias, es que de alguna forma está presente que “si me hacen daño en el diente, voy a tener más salud”, y a su vez la salud estará conectada a lo que te permite hacer. Es decir, el ser verbal nos permite sobrepasar o envolver las emociones o pensamientos que salgan al paso por algo con mucho más significado personal.

Por tanto, volviendo a lo que me preguntabas antes de los repertorios que se necesitan para aplicar ACT, necesitamos que el niño que ya tenga el marco de perspectiva, es decir, la operante relacionar en perspectiva, que tenga la operante relacional de jerarquía, de inclusión, es decir, que prácticamente a nivel verbal tenga las mismas competencias que nosotros. Ahí ya podemos introducir este tipo de componentes. Antes hablábamos de que ACT se conjuga con procedimientos que vienen del Análisis Aplicado de Conducta, porque no deja de ser un continuo del mismo, una ampliación gracias al conocimiento en lenguaje. Por ejemplo, en casos de niños con muchas conductas agresivas, o muchas disruptivas, podemos empezar aplicando técnicas de modificación de conducta, como una economía de fichas para incrementar las conductas pre-requisitas —de atención, de seguir instrucciones, etc—aplicando reforzamiento diferencial, pero no sólo vamos a hacer eso, porque el comportamiento adecuado quedaría únicamente controlado por las contingencias artificiales o sociales.

Si, por ejemplo, estamos aplicando una economía de fichas, nos la podemos arreglar para conectar esas fichas a algo superior y más simbólico, además de las propias recompensas de carácter social o tangible que hayamos establecido en el sistema. Pongamos por caso un niño que cada vez que tiene ganas de hablar y no habla, porque está en medio de una actividad que no puede hablar, conectas su comportamiento con una consecuencia más abstracta, diciéndole algo como: “¡Anda! Cómo respetas turno de hablar, qué mayor te estás haciendo”, y a su vez se gana una ficha más dentro del sistema que hayas creado, “un punto más por hacerte mayor”. Haciendo esto le estarías dando un sentido, conectándolo a un horizonte o consecuencia más simbólica. Por ejemplo, el hacerse mayor puedes conectarlo con estar más cerca de su primo, que estudia Arqueología, y visita muchos otros países; si eso es algo tremendamente reforzante para el niño. En el caso de antes, podríamos decirle: “Oye, tu primo cuando está en reuniones de trabajo, ¿se tiene que callar de vez en cuando? ¿Por qué lo hace?”. Entonces vas a hacer conexiones, lo vas a enmarcar; y ya no sólo es que te ganas un punto y luego vas a conseguir ver un dibujo animado determinado, como suele hacerse en una intervención conductual al uso, es que empiezas a conectar el comportamiento objetivo con contextos que tienen mucho más significado. Eso permite que los niños no necesiten un constante heterocontrol, es decir, que no necesiten continuamente vivir en cárceles de contingencias, sino que ellos mismos se apliquen las contingencias, que ellos mismos le den un sentido a hacer las cosas de una determinada forma.

«No necesitamos que los niños vivan en «cárceles» de contingencias, podemos conectar el comportamiento objetivo que queremos moldear con contextos de significado para ellos y que, de ese modo, le demos un sentido para cambiar»

ACT nos abre un mundo de posibilidades, ya que no vamos a necesitar sistemas tan rígidos de contingencias y tener que trabajar tantísimo con los padres . Ahora podemos trabajar con los niños para que den significado a comportarse de otra forma, y eso… ¡es tremendamente útil! Vamos a fomentar niños más libres, que puedan elegir hacia dónde van y por qué van hacia allí, y niños más responsables y no dependientes de las contingencias que apliquen otros.

¿Y más o menos a partir de qué edad o cuándo los niños pueden tener esas operantes relacionales de inclusión, perspectiva?, ¿o cuándo es dices “con este niño voy a trabajar de esta forma y con este niño voy a tener otra manera de trabajar”?

Es muy buena pregunta… En realidad no nos vamos a fijar tanto en un punto de vista normativo de la edad, sino que habría que hacer un análisis funcional del problema, sea el que sea, y un análisis preciso del repertorio verbal que tiene el niño. ¿Eso qué implica? Pues en la propia evaluación, en ocasiones simplemente jugando con él, vamos a ver qué tipo de repertorio tiene el niño y las posibilidades que abre éste.

Cuando son niños muy pequeños y con poco repertorio, como comentaba antes, vas a trabajar más con los padres, para generar pautas y condiciones para que el problema se solucione, pero en cuanto han adquirido ya esas operantes relacionales, vas a poder utilizar ACT. Ahora bien, si sabes de Análisis de la Conducta y tienes una formación amplia en TMR, puedes entrenar esas operantes relacionales, puedes entrenar ese repertorio. Por ejemplo, cuando hablamos de Asperger, suelen ser perfiles de niños que muestran poca fluidez en perspectiva; entonces, utilizando este conocimiento, puedes hacer al niño más fluido en esta habilidad. La lógica es: cuando no está el repertorio, vamos a entrenarlo, y una vez entrenado, vamos a utilizarlo al servicio de que los niños sean más eficaces en su día a día, de que amplíen su vida.

Otro aspecto a tener en cuenta es que las intervenciones deben ajustarse a la demanda y que sean lo menos intrusivas posibles en la vida del niño y de la familia. A veces dando ciertas pautas simples se obtienen mejoras en la dificultad que fuere y no hay que ir más allá.

Próximamente se publicará la segunda parte de la entrevista, donde se profundiza en el trabajo con padres desde ACT. Si tienes interés en formarte en este modelo de intervención en niños, conoce nuestro Máster Infanto-juvenil en ACT

*La entrevista se ha editado respetando la estructura inicial y manteniendo gran parte de su contenido original.

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