La rumia y preocupación excesivas son denominadores comunes a muchos trastornos psicológicos (depresión, ansiedad social, trastorno de ansiedad generalizada, estrés postraumático, etc). A pesar de que el contenido de la rumia y de las preocupaciones varía entre categorización de trastornos, el proceso es similar y se caracteriza por ser repetitivo, centrado contenido negativo y aversivo y experimentado como algo incontrolable y mayoritariamente verbal y abstracto.

Tanto la rumia como la preocupación pueden ser estrategias efectivas a la hora de resolver determinados problemas. Como especie humana, no habríamos podido evolucionar sin este tipo de estrategias. Por ejemplo, no habríamos avanzado en las diferentes ciencias si éstas no hubiesen estado dotadas de una enorme dosis de “darle vueltas” a las hipótesis y a los resultados por parte de los científicos. En ese sentido, este tipo de reacciones tendría funciones adaptativas. Sin embargo, frecuentemente, no son estrategias de ayuda cuando se llevan a cabo con el propósito de reducir malestar psicológico y, antes que reducirlo, lo incrementan y expanden a áreas valiosas para la persona, no conduciendo a acciones pragmáticas y sumergiéndose, así, en un ciclo crónico de rumia y preocupación.

Debido a que la rumia y la preocupación excesivas están presentes en muchos trastornos psicológicos, muchos han sido los enfoques terapéuticos que han intentando centrar su objetivo en la reducción de tales conductas (por ejemplo, la terapia metacognitiva o la terapia cognitivo-conductual centrada en la rumiación para la depresión). En un nuevo estudio de Ruiz, Riaño, Suárez-Falcón & Luciano (2016) se sugiere que tanto la rumia como la preocupación son estrategias de evitación experiencial que se disparan como primera reacción de resolución de problemas ante determinados desencadenantes, los cuales serán unos u otros en función de la historia de aprendizaje del individuo (miedo, necesidad de buscar una explicación coherente, etc). Como estrategia, esta manera de interaccionar con esos desencadenantes resultaría contraproducente porque tienden a prolongar y expandir el sufrimiento psicológico a muchas áreas de importancia para la persona. Si la persona rumia y se preocupa de manera crónica, abandona acciones significativas que vayan en dirección al crecimiento y satisfacción personal, lo cual conduce a mayor rumia, preocupación y, en definitiva, mayor sufrimiento. En ese contexto, los autores de este estudio se lanzan a comprobar si una sola sesión de un protocolo breve de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) centrada en la reducción de las conductas de rumia y preocupación tendrá efectos positivos en el tratamiento de desórdenes emocionales. Para ello tomaron de partida la sugerencia de que los desencadenantes de la rumia y la preocupación se construyen en la historia de aprendizaje del individuo (única y personal), y llegan a estar relacionados de forma jerárquica hasta el punto de que uno de los desencadenantes más potentes (por ejemplo, el pensamiento o emoción situado en lo más alto de la jerarquía, o “el grande”) contiene, simbólicamente, a los demás (Luciano, Ruiz & Törneke, 2016). Once participantes en los que su funcionamiento se había visto afectado por la rumia y la preocupación durante al menos seis meses recibieron una sola sesión clínica de un protocolo ACT expresamente dirigido a los tres ángulos para promover la flexibilidad psicológica (Törneke et al, 2016): discriminar el repertorio de inflexibilidad psicológica de respuesta a emociones y pensamientos, discriminar éstos y enmarcarlos en jerarquía y especificar las funciones de valores personales y acciones acordes a tales valores. Más aún, el protocolo se diseñó de manera que se dirigía a la raíz de las emociones y los pensamientos con los que el participante se enredaba, trabajándose expresamente con el estaba situado en lo más alto de la jerarquía (por ejemplo, “Soy un fracaso”) y generalizándose el efecto al resto de emociones y pensamientos de la jerarquía mediante transformación de funciones.

Los resultados obtenidos son muy prometedores, con nueve de once participantes mostrando mejoría en tres de las cuatro medidas que se utilizaron para estudiar el efecto en la disminución de la rumia y preocupación. El efecto de la intervención fue aún mayor tras las cuatro y seis semanas de seguimiento, obteniéndose tamaños del efecto muy grandes para todas las medidas de rumia y preocupación, así como para medidas de síntomas emocionales y medidas de fusión cognitiva, evitación experiencial y acciones valiosas.

Futuros estudios están en marcha con muestras más amplias, mayor tiempo de seguimiento y generalización a diversos trastornos psicológicos. Los recursos económicos, sociales y sanitarios ponen de manifiesto, prácticamente en todos los países, la importancia de investigar y afinar cómo conseguir que los tratamientos psicológicos sean más breves sin perder su eficacia.

Accede a la publicación del estudio de Ruiz, Riaño, Suárez-Falcón & Luciano (2016) aquí


Bibliografía sugerida para mayor comprensión de la terminología

– Luciano, M. C., & Hayes, S. C. (2001). Trastorno de evitación experiencial. International Journal of Clinical and Health Psychology, 1, 109-157

– Törneke, N., Luciano, C., Barnes-Holmes, Y., & Bond, F. (2016). RFT for clinical practice: Three core strategies in understanding and treating human suffering. In R. D. Zettle, S. C. Hayes, D. Barnes-Holmes, & A. Biglan (Eds.), The Wiley handbook of contextual behavioral science (pp. 254273). New York: Wiley Blackwell.